El Puro Cuento

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Presentación de El Puro Cuento

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Hubo un cuento que no sabía cómo contarse: Por esta razón, ese cuento buscaba quién lo pudiera contar, no digamos con esa «maestría» que exigen los académicos, o quienes jamás han escrito un cuento en su cuentera existencia. Simplemente pedía ser bien contado. Sí, en efecto, como lo sugieren los mejores cuentos que hayan sido contados.

            La primera tarea consistió en averiguar cuál sería el comportamiento de un buen cuento. ¿Acaso existían reglas?, se preguntó. Desde luego, le respondieron, no pensarás andar a la vista de los lectores, dejándote confundir como si tuvieras sangre de poesía, o como si tu piel fuera novelística, y mucho menos como si hubieses nacido en la región de los ensayos.

            No me digan, insistió el cuento, quien ya dudaba de su personalidad. Yo pensé que bastaba con el tamaño para que todos me considerasen un cuento. ¡No nos vengas a cuentear!, clamaron los otros. Los cuentos poseen su naturaleza perfecta, incuestionable e indudable. Un verdadero cuento no se mide, con el vulgar conteo del número de sus páginas. Pero ya te hemos contado demasiado, mejor anda y enfréntate con aquello que todavía no se ha contado. Bueno, en caso de que encuentres algún tema sin contar.

            Estaba perdido. Alguien le había dicho que todo estaba ya contado, y quien lo contó supo hacerlo de manera atractiva, con un desarrollo emotivo para mantener al lector pendiente de las acciones y, que al final, le proporcionó un remate sorpresivo, pero lógico, porque, de lo contrario, jamás habría llegado a ser un cuento.

            Decidido a contar a su manera, salió en busca de la voz propia que le ayudara a contarse y que pudiera venir al cuento. Anduvo entre los que recordaban historias del pasado y que eran vitales para sus pueblos, y aprendió que un cuento, por muchas veces que se cuente su trama, lo importante es el sentido y el valor que le otorga a sus palabras.

            Contar por contar, de nada cuenta. Para describir y llenar de palabras una pobre hoja inocente, lo mejor es no hacerle al cuento. Por lo que, entonces, un cuentista sin libro ni libreta, pues contaba sin utilizar caligrafía, le sugirió que al contar, se olvidara de que alguien lo va a juzgar, o que su obligación es escribir para quedar bien con algún pobre vividor del cuento. En conclusión: a la hoja o al papel, según sea tu gusto afectivo, se le llega de a poquito en poquito, déjate de cuentos, acaricia sus contornos y espera su respuesta, porque, en lo que no te pueda decir con palabras, ahí tienes el inicio de un cuento.

            Eran comentarios muy enredosos, por lo que más valía buscar a los sabios, pero éstos desaparecieron entre las hojas de una revista que sólo los cuenteros se entrecuentan. Se trataba de El Cuento, único en su especie, y en donde había cuentos de todos los modelos, esto es, una poética para cada cuento.

            Sin embargo, cuando regresó a la ciudad, los cuenteros del mundo le informaron que sin técnica no pasaría de ser un simple amateur o un cuentacuentos de barrio; que si pensaba vivir del cuento, lo mejor sería que se concentrara en la trayectoria de los héroes. Así lo hizo, y aunque ganó fama, había perdido su individualidad. Desde luego que contaba de manera pulcra, con sintaxis perfecta y sin fallas de ortografía. Relataba acontecimientos asombrosos nunca antes imaginados, pero había dejado de ser un cuento auténtico.

            Entonces se dedicó a la perdición. Bebía en periódicos y revistas semanales, se inyectaba premios que lo hacían imaginarse el mejor de todos los tiempos, dejó que su cuerpo se repitiera en otros cuerpos, sólo porque vaciarse venía al cuento, pero nunca como un cuento que se cuenta y que se impregna desde el cuerpo.

            Afortunadamente conoció un cuento mayor, que había podido contar la vida de diferentes maneras, pero que asumía que en la manera de contar se le iba yendo la vida. Modesto, a pesar de que se sabía único en su especie, le presentó a un maestro del cuento, quien no conoció círculos viciosos, ni palabras interesadas. Su nombre, Chéjov.

            Con el seudónimo de Chéjov, este cuento le enseñó que el hombre, en apariencia cotidiano, cuenta con infinitas posibilidades de contar. Basta con observarlo, con escuchar lo que no se atreve a decirles a los demás, para comprender que un cuento se deja de cuentos para concentrarse en lo esencial de cada ser humano. Ese individuo de quien se cuenta, ya sea el tabernero, el dramaturgo, la mujer que sólo tiene una forma de responder a los acreedores, el ebrio, en fin, nosotros, pasa desapercibido porque sólo con un par de palabras, con un gesto, con una forma de comportarse, se explica y nos propone una manera de percibir el mundo. En la vivencia individual se coloca el universo, y desde su voz hablan todos los hombres que han poblado la Tierra. Por ello, y como conclusión, aquel cuento se atrevió a decir: «El cuento soy yo», porque desde un Yo se colocaría el sentir de los Otros; y porque todos los Otros pueden hablar desde una voz.

            Sin duda, era puro cuento y el número uno de una revista lo trasladó a sus páginas. Así debía llamarse la publicación: El Puro Cuento. ¿Para qué andarse con fórmulas que ni sus formuladores practican con rigor? Lo mejor, como el amor, como las buenas compañías, comienza con la primera palabra, esto es, por contarse. Y me permitiré cuentearlos, porque el sonido de una tristeza profunda, la fina y delicada textura de los rencores, así como el aroma de unos ojos o los sabores irrepetibles de una piel, de esos, aún faltan los cuentos que se den el placentero chance de contarlos.

            Sin duda, habrá tantos cuentos perfectos como formas de percibir, de entender y de explicarse, lo que a la palabra le cuesta tanto exponer. Pensemos en un tema cualquiera, ya sea el odio, el dolor, la muerte, la pasión, etcétera. Cómo se explicaría su naturaleza sin tomar en cuenta a las personas más cercanas a nuestras fibras sensibles; cuál es su consistencia en nuestro interior, atiborrado de múltiples experiencias. Ese odio, dolor, muerte son vistos desde el caleidoscopio visual de una mosca. Sabedores de ello, El Puro Cuento eligió un digno surtido de cuentos. ¿Quieren que se los cuente? Pues cuenten con ello.

            Desde luego, para existir hay que contarlo. En el club de El Puro Cuento se reunieron cuentos en los que las calles y sus habitantes construyen un mundo perfecto hasta que van muriéndose a pedazos, hasta fragmentarse en mil preguntas acerca de la desnudez y el deseo atrapado por la complicidad de un niño que dejó de serlo cuando pudo atisbar en los demás lo que él mismo podía experimentar. También estaban las viejas ciudades; uno aprende a depender de ellas, curiosamente, por todo aquello que nos desagrada: al fin y al cabo, esa es la consistencia de las relaciones duraderas. ¿Quién dice que los dragones pasaron de moda?, ahí siguen para apañarse la vida de los sobreadictos a lo que tanto nos hace falta. Se aproximó un tal «Ecce homo», un cuento devastador, porque representaba los deseos ocultos de los hombres; ¿cuál?, es sencillo suponer: la posibilidad de practicarse una muerte cada día; bueno, ¿y quién no lo hace? Al fin y al cabo, los cuentos representan los instintos, las obsesiones, los exterminios, los miedos a ser devorados por lo que no podemos ver; no hay instante en el que no seamos consumidos por un parásito invisible y pensamos que el permanente pago de un sueño podrá salvamos de las amenazas. No, nunca, la conciencia jamás estará vacía; como una aspiradora, se mantiene absorbiendo miedos.

            Pues bien, nuestro cuento, que ya comenzaba a buscar una conclusión, quiso despedirse de El Puro Cuento, sabiendo que olvidaba detenerse a conocer a unos cuantos cuentos amigos, entre ellos a los simpáticos cuentínimos, que, según cuentan, siempre alegran todas las fiestas cuenteras. Ni qué decir de las entrevistas que, por muy serias y verosímiles que parezcan, el entrevistador siempre termina contando un cuento.

            Finalmente, con humildad, para que el mundo entero lo considerase todo un cuento y para no pasar desapercibido por los contadores de cuentos, o lo que es lo mismo, aquellos que, en el saber contar, en contar y en escuchar, se cuenta la vida.

            Hubo alguien que contaba cuentos, aquellos que ya fueron contados alguna vez, que no se sabe con certeza quién los contó, pero, antes que alguien se le adelantara, se dispuso a contarlos como se le fueron viniendo a la mente. Así nomás. Contando se aprende a contar. Después de todo, a quién no le gusta contar o que le cuenten un cuento y, lo mejor de todo, que nos lo hagan creíble.

            Pero antes de iniciar, el contador de cuentos dudó. Al fin de cuentas, todo cuentista desconfía de sus cuentos mucho antes de empezar a contarlos. Será porque aquel que se da por bien servido con lo que ha contado, termina por destruir a quien podría ser un buen cuentista.

            El cuento de nuestro cuento aprendió. Decidiría dejar de autonombrarse cuento y adoptó el feliz y sabio apelativo de El Puro Cuento.

            Pero no me crean demasiado, sólo los estoy cuenteando.

 

Jesús Humberto Florencia, Museo de la Estampa, Toluca, estado de México, 22 nov, 2006

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