El Puro Cuento

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El Puro Cuento

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Edgar Allan Poe ganó un premio cuando envió el cuento «EI manuscrito en la botella» —en donde evidenciaba la técnica que haría moderno al cuento, la unidad de efecto— a la revista The Saturday Visitor. Como editor asistente del Southern Literary Messenger habría de incluir algunos cuentos (además de crítica, ensayo y poesía) suyos. Chejov, por su parte, asentaría su talento de escritor mientras atendía a sus pacientes, publicando cuentos semanalmente en EI Vuelo del Dragón y más tarde cuentos más largos en La Gaceta de Petersburgo (recibía 8 copeks por línea). A través de esas publicaciones, escribió más de trescientos cuentos en 5 años. El cuento nació para ser parte de las publicaciones periódicas, para acompañar la lectura de noticias o habitar el impreso entre crítica, ensayo, poemas. Nació como mundo redondo e independiente. Suficiente provocación. Publicando en revistas se hicieron los grandes autores estadunidenses Faulkner, Hemingway, Twain, Capote, Updike, etcétera. El tema del escritor estadunidense sobreviviendo y dándose a conocer a través de la publicación en revistas es tema de algunas novelas notables en Estados Unidos. En la novela de John Fante, Pregúntale al polvo, el protagonista recibe algún dinero (que se gasta de inmediato) de la publicación de su cuento «EI perrito que rio» en alguna revista; el protagonista de Desayuno en Tiffanys recibe gustoso el pago de los cuentos que fueron aceptados por alguna revista; Hemingway toma la decisión —como lo documenta en París era una fiesta de dejar el periodismo y vivir del cuento publicando en Esquire, Harpers Bazzar, New Yorker. La tradición continúa. EI New Yorker, con más de cien años de existencia, publica mes a mes un cuento. EI cuento convoca a sus lectores desde la revista. Así nació la necesidad de publicar la reunión de cuentos de un solo autor que ya había entrado en el gusto de los lectores y que ante lo perecedero del diarismo apostaban por la permanencia del libro. Con estas publicaciones los editores, a su vez, estaban salvados de lo que ahora padecen (o parece que padecen las editoriales que argumentan que el cuento no vende). ¿No será que ante la evidente falta de espacios donde el cuento se pueda leer desenfadadamente, quizás por casualidad, se ha dejado de formar el apetito lector por un género que pide la participación del lector con una actitud distinta? Ya sabemos que en el cuento nos toca desentrañar su sentido profundo.

     En México, el cuento ha sido publicado en revistas y suplementos tradicionalmente. Se le encuentra cada vez menos. Rosa Beltrán indaga en las razones de esta situación en el prólogo de la antología a su cargo Los mejores cuentos del 2006 (que anualmente publica Planeta):

     Las razones son muchas. Van desde la idea de que el cuento es una forma literaria más sofisticada y, por tanto, que requiere más experiencia en un país de no lectores, hasta la más violenta consideración de que el cuento es el género más acorde con el proyecto democrático de configurar y estar dispuesto a escuchar distintas voces, más allá de las dos o tres que promueve el mercado—. A estas razones se suma la alarmante falta de revistas y suplementos literarios, lo que habla de una crisis cultural en un país que desde el siglo xix y hasta hace poco contaba con una tradición privilegiada en el cuento y la poesía.

     Por ello, la revista que fundara Edmundo Valadés, El Cuento, que tuvo una vida de casi treinta años, fue fundamental en la formación de lectores y escritores de cuento. Vital en la promoción del género de la brevedad. Don Edmundo reunía en esta publicación clásica cuentos de autores de diversos países, su traducción al español permitía acercarse a tradiciones y estilos diversos, incluía reflexiones sobre el cuento y hacía presentes las minificciones (de gran tradición en nuestro país y en Latinoamérica) no sólo por publicarlas, sino por fomentar un concurso permanente (con premio y todo) en cada número. Además, se daba a la tarea de recibir cuentos y publicar los comentarios para el autor. Las primeras páginas de El Cuento eran una especie de pantalla en internet, un taller virtual, con los ritmos de la publicación de la revista —a veces muy tropezada, a pesar de su intención de salir cuatro veces al año—.

     Por ello es de celebrarse la aparición de El Puro Cuento, proyecto editorial del poeta y editor guatemalteco, Carlos López, asentado desde hace más de un cuarto de siglo en este país, donde fundó la Editorial Praxis. Praxis se ha caracterizado por editar poesía, cuento, ensayo en ediciones elegantes, cuidadas, donde la plástica —otra de las grandes aficiones de Carlos López— están siempre presentes. Ser editor independiente en este país (y en muchos) es un acto heroico. Y aun así, Carlos combina la zozobra de la supervivencia con el capricho editorial y se da el lujo de elaborar libros objeto diminutos para cobijar sus haiku, sus viñetas, una reunión de decálogos del cuento espléndida. No contento con esos caprichos juguetones y deliciosos, se avienta al ruedo, a hacerle el quite al vacío de publicaciones especializadas en cuento; toma la estafeta que dejó en el aire don Edmundo Valadés y crea El Puro Cuento. Curiosamente, y por pura coincidencia, el escritor argentino asentado en México muchos años, Mempo Giardinelli, al regreso a su país y por contagio de la revista El Cuento mexicana, publica la revista Puro Cuento. Ahora Carlos, en formato prácticamente de libro (pues toda buena revista de cuento es coleccionable), nos ofrece a los degustadores del género esta revista espléndida que retoma del proyecto de Valadés algunas de sus secciones pautas y añade otras.

     El Puro Cuento reúne la publicación de cuentistas conocidos de cualquier parte del mundo con la publicación de plumas jóvenes. En el número inaugural dedicado a Chejov (mejor padrino no podría tener esta revista, donde se incluye además un inédito del autor) aparecen jóvenes autores mexicanos como Omar Edgar Avilés, Antonio Ramos (quien, por cierto, ganó el premio de cuento joven Julio Torri y nos brinda un espléndido cuento alrededor de la amistad de un grupo callejero), Citlali Ferrer, Juan Antonio Rosado (todos ellos nacidos entre los años sesenta y ochenta). Y autores que no conoceríamos fácilmente si no estuvieran aquí incluidos, como el japonés Hyakken Uchida, nacido en 1889 (Kurosawa filmó en sus últimos días la vida cotidiana de este autor, nos enteramos en la información biográfica de los autores incluidos), la dominicana Ariadna Vásquez y el guatemalteco José Luis Perdomo Orellana. Además, la revista incluye la entrevista a algún cuentista, conversación que siempre ilumina este oficio de solitarios. En el caso de la revista inicial es Bárbara Jacobs, notable por sus Doce cuentos en contra y su imprescindible Antología del cuento triste, realizada con Tito Monterroso. Entre los cuentos publicados, de variada extensión, se insertan reflexiones o recomendaciones acerca de la escritura o esencia del cuento, como las que Chejov hace en este número. Las páginas centrales a color nos permiten disfrutar la obra plástica de algún pintor, subrayando la convergencia de los sentidos y percepciones en las diversas formas de la expresión artística. En el número uno, aparece obra de Guillermo Ceniceros, pintor duranguense y con una gran trayectoria.

     Disfrutar los cuentos de la revista El Puro Cuento es establecer un diálogo con las miradas y estilos de quienes en ella publican. Es confrontar palabra a palabra los rasgos particulares del género, esa tensión narrativa que le es propia y esa capacidad de sugerencia que rebasa la anécdota y nos sumerge en el pedazo del iceberg bajo el agua. (Una vez leído el cuento, el iceberg se invierte, su revelación nos permite mirar lo que parecía menor y estaba oculto.) Buceamos hacia el sentido oculto del cuento, los siete octavos de hielo que le dan hondura y sostén a lo contado. Todo ello está allí en el tratamiento de asuntos diversos, con estilos distintos. Y como toda revista, El Puro Cuento es un foro abierto para la publicación del cuento. Para convocar plumas y miradas en un diálogo fecundo, intenso con los iniciados del género y con quienes están por descubrir la seducción del cuento. Por ello felicito la audacia editorial de Carlos López y nos felicito por contar con este espacio de lectura y publicación que habrá de dar continuidad a una fecunda tradición en la república de las letras.

Mónica Lavín 
 

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«En mi época no había best-sellers y no podíamos prostituirnos. No había quien comprara nuestra prostitución».

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