El Puro Cuento

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Un espacio para contar

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Durante más de treinta años de vida ininterrumpida, la revista El Cuento, dirigida por Edmundo Valadés, quien incluso seleccionó una parte del material para difundirlo nuevamente mediante las célebres antologías El libro de la imaginación, Los grandes cuentos del siglo xx y Los cuentos de El Cuento, cumplió con una función indiscutible en la historia de las instancias mediadoras y publicaciones periódicas de la literatura mexicana. Cuando esta revista desapareció, el hueco fue notorio, pues al revés de lo que ocurre con la novela, que, sin importar su calidad (sea ésta artística o no), es uno de los géneros preferidos del público lector los libros de cuento y de poesía son mucho menos solicitados, sobre todo cuando los autores carecen del apoyo de la mercadotecnia, no son muy conocidos o no se les ha pegado alguna estrellita en la frente (es decir, no han sido premiados por algún jurado). El porqué se lee menos cuento o poesía joven puede tener muchas causas que no conciernen al objetivo de este texto. Lo cierto es que el cuento requería de un espacio exclusivo, de un órgano propicio para su difusión y para reflexionar en torno al género; de una revista de calidad, a la vez lúdica y rigurosa, coleccionable, con formato de libro, redactada por escritores y siempre abierta a nuevas propuestas estéticas.

      La idea de esta publicación, titulada El Puro Cuento debido al nombre de una de las colecciones de Editorial Praxis, surgió precisamente en los talleres de esta editorial, en la calle de Doctor Vértiz, a mediados de 2005. Yo había conocido a su director, Carlos López, por el 2002 o 2003, cuando me publicó un libro de cuentos: Las dulzuras del limbo. Antes no conocía a Carlos, aunque sí a las ediciones, y pensé, con cierto temor, que este guatemalteco, admirador —como yo— de Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Tito Monterroso, no le iba a encontrar unidad a mi libro, pues en realidad lo que yo pretendía era romper con la unidad y apostar por la heterogeneidad, por la pluralidad, tanto temática como estilística. Yo contaba con el «aval» de Bárbara Jacobs, quien había seleccionado uno de mis cuentos para su antología Los mejores cuentos mexicanos (2001), y no me importó sugerirle al director de Editorial Praxis Las dulzuras del limbo, donde incluía ese texto. A Carlos López le gustó el libro y lo publicó, asumiendo los gastos. Fue presentado luego en el Salón Tarkovski de Casa Lamm y en la Facultad de Filosofía y Letras. Pero lo principal, para efectos de contar la historia de la revista El Puro Cuento, es que la literatura, como todo arte, a diferencia de la guerra o de la política, tiene la capacidad de vincular a desconocidos, de crear amistades, mientras que, como afirma Martín Luis Guzmán, a través de su personaje Axkaná, «En el campo de las relaciones políticas la amistad no figura, no subsiste. Puede haber, de abajo arriba, conveniencia, adhesión, fidelidad; y de arriba abajo, protección afectuosa o estimación utilitaria. Pero amistad simple, sentimiento afectivo que una de igual a igual, imposible [...] De los amigos más íntimos nacen a menudo, en política, los enemigos acérrimos, los más crueles».

      Me di cuenta entonces de que Carlos López no era —no es— un político literario, como los hay muchos. Entre copas (o sin ellas), podía criticarlo, proponerle ideas, señalarle erratas y hasta errores en sus textos, y nunca actuó como un acomplejado politiquete a quien hay que estarle lamiendo las botas (u otros órganos) para que nos publique. Ese tipo de editores no son editores: son politiqueros, mercanchifles que usan su podercillo mediocre para imponer poéticas o gustos determinados, cuando no para publicarles sólo a sus amigos o amantes; y la política, al igual que la burocracia cultural, se ha convertido, a lo largo de los años, en cubetazos de lodo para muchos artistas. De modo que, conociendo la apertura de Carlos, un día, con generosas raciones de vino y cerveza, en medio de una plática literaria, surgió en Praxis la idea de El Puro Cuento. Reunimos a una serie de interesados en el proyecto, entre los que se encontraban Claudia Puente, quien entrevistaría a Bárbara Jacobs (entrevista que finalmente fue publicada); Marcela Solís-Quiroga, quien se encargaría de la redacción, y Andrés Márquez, cuya función que desempeñaría en la revista ahora no recuerdo, tal vez por tanto alcohol. Por una razón u otra, el proyecto se fue aplazando, hundiéndose tal vez en vasos de vodka o caballos de tequila, y no se realizó cuando debió haberse hecho. Afortunadamente, Carlos, que se caracteriza, entre otras cosas, por su obstinación y por ser un maniaco del trabajo, reunió a un grupo más serio y responsable que nosotros, y por fin dio a luz el bello número de El Puro Cuento que ahora se presenta.

      Esta revista —hay que recalcarlo— no juega a la cosa nostra. Praxis es una editora de gran calidad, pero es también una editorial chica, con problemas, como toda empresa pequeña, de distribución. Carlos López no es, sin embargo, un mercader que pretenda el enriquecimiento fácil. Ante todo, es un poeta y un conocedor de la lengua española (me refiero a la gramática, por supuesto), quien durante más de 25 años se ha caracterizado por pactar con la juventud, con los autores jóvenes, sin importar su edad (y en este punto pecan muchos concursos literarios, que establecen límites de edad o de sexo, como si la literatura se rigiera por esos triviales parámetros: Henry Miller era joven a los 45 años, cuando empezó a publicar y Laurence Sterne comenzó a escribir a los 46). Editorial Praxis, decía, no es uno de esos monopolios, una de esas empresas que se atienen a las leyes del mercado y que, como ocurre con las ferias de libros, se asemejan más a las bolsas de valores que a editoriales con propósito cultural, y publican para los espectadores de estrellas o los necesitados de autosuperación, al lado de excelentes obras literarias.

      El noble proyecto de El Puro Cuento surgió en el seno del desinterés que ha caracterizado a Editorial Praxis como espacio plural, heterogéneo, pero siempre artístico y reflexivo. Con esta nueva revista se cubre el hueco dejado por la desaparición de El Cuento, de Valadés, pero con creces. No sólo la calidad en la presentación es superior a la de su antecesora; no sólo pretende conservar el sentido de juego implícito en todo acto cultural, sino que también desea abarcar más que la mera difusión de novedades. Se trata de una revista que, si continúa su marcha (esperemos que lo haga por largo tiempo), tratará de todo lo concerniente al cuento, y con esto no quiero decir sólo cuentos, sino también recepción, crítica y rescate, reflexiones en torno a este antiguo género narrativo y todo tipo de experimento que tenga que ver con el cuento, sin darle preferencia a una poética, a un credo o a una manera de concebirlo, imaginarlo o entenderlo. Eso está bien para los dogmáticos o los académicos anquilosados.

      ¿Pero qué es, finalmente, lo trascendente en la literatura y particularmente en el cuento? Jamás las etimologías han funcionado de modo absoluto. Sí: son divertidas (a Borges le gustaban mucho), pero también suelen ser inútiles. Cualquiera puede contar una anécdota o una historia. En la novela y en el cuento, cuando tienen intenciones artísticas, no es nunca la trama ni el argumento ni la anécdota lo verdaderamente importante. Afirmar eso, como lo ha hecho algún cuentista de cuyo nombre no quiero acordarme, es una peligrosa falacia. Las anécdotas se oyen bien en los chismes de azotea o en boca de los cuenteros. Lo trascendente en un cuento, literariamente hablando, es el tratamiento del tema: cómo un artista trata o desarrolla determinado contenido en una forma narrativa que incluya, por supuesto, la descripción y la reflexión. Éste es uno de los medios como la flecha puede llegar al blanco.

      Para ahondar en lo anterior, hay que tomar en cuenta que, por un lado, existen los escritores que han vivido y leído mucho; escritores que no persiguen sus temas, sino, al contrario, son perseguidos por los temas y las anécdotas, de modo que sienten una obsesión, una necesidad biológica por transmitirlos, por expresarse de alguna forma. Sus textos poseen intensidad, pasión, pero muchas veces, o se quedan en la pura anécdota y no profundizan ni les interesa siquiera la ambigüedad que puede desprenderse de un hecho humano, o simplemente no dominan el estilo, se tropiezan o les da pereza adentrarse en las herramientas de la redacción y la gramática. Por otro lado, existen también los escritores que se masturban con las palabras, aquellos que creen en la ridícula y como llegó a decir Federico García Lorca cursi y hasta perniciosa teoría del arte por el arte, término acuñado en la Sorbona por Victor Cousin y retomado por Gautier. Los «artepuristas» son escritores seudoparnasianos que consideran que la literatura no es sino un mero acto de lenguaje; se la pasan acicalando y depilando las palabras, buscando el perfecto sonido para decir «solemnes boberías», como bien lo expresa en un ensayo Mariano Azuela. Son, dicho de otro modo, autores que en el fondo no tienen nada que decir. Sus textos se regodean en el verbo, pero son huecos, sin espíritu ni intensidad. La revista El Puro Cuento ha renunciado a la excluyente idea de el cuento puro o el arte puro, o a cualquier idea de pureza, para sumergirse en el arte, en el puro cuento, que es siempre humano y, por lo tanto, impuro.

      Ahora bien, el gran equilibro que requiere la literatura y, por su brevedad, el cuento, consiste precisamente en el matrimonio del prurito por la perfección formal y la necesidad auténtica sea o no con afán lúdico por decir algo y llegar a un determinado público. Juan García Ponce e Inés Arredondo, dos de los más grandes cuentistas mexicanos del siglo xx, coinciden en que el tema es lo fundamental, pero ninguno renuncia al arte, a ese vehículo para hacer llegar el tema al lector, vehículo que no es sino la forma, el lenguaje. Y todo esto viene a propósito del primer número de El Puro Cuento, número variado, que renuncia a la pureza, a la unidad académica y academizante en pro de la pluralidad de voces.

      Excluyendo a Chejov, que es un clásico y, como lo ha demostrado la revista, también un desconocido para quienes no sabemos ruso, ya que ha dado por vez primera al público traducciones al español de textos inéditos de este autor; excluyendo a Chejov como decía—, todos los cuentos, desde los más breves hasta los más largos, que aparecen en este número, han logrado el equilibrio al que me he referido con anterioridad: intensidad y cuidado de la forma. Logrado ese equilibrio, todo lo demás es cuestión de gusto o de preferencia personal, y es en este punto donde también pecan muchos concursos literarios (que privilegian, cuando no hay mano negra, el gusto de un determinado jurado; por ello, todo concurso literario es una especie más o menos refinada de lotería); también en ese punto pecan las mafias culturales, siempre excluyentes, que juegan al club de los elogios mutuos y privilegian una determinada poética o forma de entender la literatura, atrayendo, además, a los medios masivos para difundir sus «obras maestras». Es aquí donde mercadotecnia y literatura, como ya lo he expresado en un ensayo, se vinculan íntimamente.

      Nada de lo anterior sucede en El Puro Cuento, que pretende publicar textos que digan algo, intensos, con temas atractivos y, además, bien escritos. En este sentido, estoy seguro de que críticos de la talla de Luis Leal, con su Breve historia del cuento mexicano, si vivieran, hubiesen encontrado en este primer número de El Puro Cuento material novedoso, lleno de pasión, de esa vitalidad que debe caracterizar al género, sin importar el tema que trate, sea la muerte, el desamor, los ácaros o los incendios, o cualquiera de los grandes temas universales. Esperemos que esta noble empresa tenga larga vida.

Juan Antonio Rosado Zacarías

 

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«La brevedad es el alma del ingenio».

William Shakespeare



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