El Puro Cuento

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Presentación de El Puro Cuento

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Érase una vez un cuento (porque aunque sea un cuento moderno, también tiene que tener un inicio… y a veces los clásicos se hacen tan viejos que vuelven a estar de moda…). Este cuento, según El Puro Cuento, se llamaba León Felipe, porque León Felipe había dormido con todos los cuentos y sabía todos los cuentos, aunque también había otros muchos que se disputaban orgullosos su paternidad, así que nuestro cuento podría elegir entre un padre Edgar, que le contaba historias de gatos negros y corazones delatores, y otro ruso de nombre Antón... pero sus cuentos no le gustaban tanto porque casi siempre los personajes estaban deprimidos. También había otro, de nombre Ernest, pero por la barba más bien lo veía como a un abuelo bonachón, que lo podía llevar a los toros o de pesca. Pero los toros le daban miedo y la pesca lo aburría, por eso mejor le dejaba esas aventuras a su prima, la novela.

      Un buen cuento… perdón, es decir, un buen día, como en los viejos cuentos, nuestro cuento decidió salir a dar una vuelta por el mundo —justamente— de los cuentos. Y en el camino, al primero que encontró fue a un tal Juan Bosch, que hacía algunos «Apuntes sobre el arte de escribir cuentos».

      —¿Esto es algo así como «Escriba un buen cuento en diez lecciones»? —preguntó el cuento, un tanto curioso y otro tanto espantado: ¿de verdad era tan fácil escribirlo?

      —Sí, pero perfeccionadas —explicó Bosch—. Escribirte no es tan fácil. Has cambiado mucho. Cuando empezabas con el «había una vez» y terminabas con el «y fueron felices para siempre» no había mucho pierde... Servías bien para hacer dormir a los niños, porque nunca tenías que llegar al final antes de que ellos ya estuvieran soñando con los angelitos.

      —Es que las hadas ya pasaron de modaexplicó el cuento—. Las sustituyeron los borregos primero, y luego las pastillas para dormir...

      —Pero ahora que te has modernizado, escribirte es todo un reto y puedes ser un verdadero rompecabezassiguió Bosch—. Con eso de que ahora importa tanto lo que cuentas como cómo lo cuentas, y como te ha dado por no siempre empezar por el principio...

      De pronto, la imagen que el cuento tuvo de sí mismo fue la de una pintura cubista como las de Picasso, en donde las personas retratadas tienen los ojos en la nariz y la boca a la misma altura. Pero pasó a la siguiente hoja y lo que siguió fue todavía peor: se encontró ante un panorama de cuentos dominicanos en el que igual daba consejos a un hombre despechado, que conspiraba con dos hermanos para matar a un padre pedófilo u observaba la agonía de un hombrón del color del barro después de un acto de amor caníbal.

      El mediodía lo atrapó con los colores de Luz Severino y Paul Giudicelli, entre el Retrato para un niño y una Pelea de gatos, y al voltear de la página se encontró con alguien más que hablaba de cómo escribir cuentos. Éste se llamaba Frank Báez y se preguntaba para qué escribir sobre el cuento, si uno aprende sobre los cuentos leyéndolos.

      —Los cuentos no deberían nacer de la cabeza de los que no tienen talento para escribir cuentosdijo Frank Báez, y esto hizo que el cuento que se llamaba León Felipe y que era hijo de Edgar o de Antón detuviera sus pasos... o sus letras.

      —Espero que tengas aunque sea tantito talento para escribirmepensó el cuento mirando de reojo a la voz narrativa, que en ese momento era toda dedos sobre el teclado de la computadora—. Porque si no...

      —Imaginando al cuento como un hombre desnudo, ¿dónde está el inicio del cuento?, ¿qué órganos no son tan vitales?escuchó el cuento, repentinamente sonrojado al imaginar la cauda de posibles respuestas a lo que preguntaba la voz de Ariadna Vásquez al tal Frank, cuyo apellido como que rimaba con el de la mujer. Y al oír que éste recomendaba amputarse la pierna derecha... el cuento suspiró un tanto aliviado: por lo menos sabía que ahí no estaba su inicio... a menos que a alguien se le ocurriera escribir un cuento sobre un hombre cojo de la pierna derecha...

      En fin, que cojo, asustado y confundido, nuestro cuento siguió por las páginas de éste, su día, hasta que llegó al pie de un sauce, de donde colgaba una gota de rocío. Una gota de rocío que de pronto se dividió en dos y en cuatro y en ocho, como una mórula que se va transformando en blastocisto, pero esta gota se convirtió en lluvia, y en tormenta y en río y en cascada y en mar, antes de caer de la pluma de un muchacho de piel blanca y pelo muy lacio, al que sus amigos llamaban Edgar Omar, pero que no era el mismo Edgar al que él veía como su padre. Y el mismo Edgar Omar después le dio a nuestro cuento aroma de café, y alguien más, como Pablo Kersz, lo iluminó con 25 watts de pura electricidad, mientras otro más le dio voz con el canto de un cuervo o lo llede paseo a Suecia de la mano de una mujer de nombre Ana, ya casi al caer la tarde.

      Pero a la vuelta de una página más, alguien le puso los puntos a las íes y nuestro cuento se halló ante lo que no se hubiera esperado: que Daniela Camacho hablara de su perversión y su belleza en la obra de una tal Inés Arredondo. La tinta se le congeló en las letras y un escalofo desalineó sus márgenes. ¡Jamás se haa pensado como una creación perversa! Hermosa sí... después de todo, sus princesas siempre eran bellas, aunque las envenenaran con manzanas o durmieran cien años por culpa de un hada celosa. Perverso... perverso era algo mucho más allá de lo que hasta ahora lo había calificado... o al menos eso creía.

      —No llores, cuento —le dijo la voz narrativa, distraída por un momento de su incesante teclear por un goterón de tinta negra que manchó su páginatómalo como un halago. Mira, para ser perverso hay que ser muy inteligente, no cualquiera puede ser perverso. ¡Lo malo sería que te dijeran que eres un mal cuento!

      El cuento pensó un segundo en lo dicho por la voz narrativa y supuso que tea razón. Había ldo que alguien por ase dedicaba a escribir un libro que por título llevaría Lo bien que el cuento cuenta el mal en la cuentística de Guillermo Fadanelli, pero ya tendría tiempo de lidiar con el tal Fadanelli en otro número de la revista.

      El día se le terminó cuando se terminó la última página del número, entre un relato perverso sobre el año nuevo y una ojeada a un hotel. El camino de tinta se terminó y terminaron las palabras que le daban vida. Pero el cuento, el puro cuento, espera ahora sentado tranquilamente en la última esquina de la última página, o en la mente de un escritor, en una sinapsis de dos neuronas que todavía no se conectan para volver a hacerlo aparecer.

Gabriela Valenzuela Navarrete 
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«La pluma es la lengua de la mente».

Miguel de Cervantes Saavedra



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