El Puro Cuento

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Texto de Estrella Asse para presentar el número 7 de la revista

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Not that the story need be long,

but it will take a long while to make it short.

Henry D. Thoreau

Ya sea como crónica, anécdota o aventura, leyenda, testimonio o mito, contar historias ha sido inseparable del legado cultural de todos los pueblos, en todas las épocas, en cada rincón del mundo.

Por la presencia de narradores que articularon relatos en el lenguaje oral, que describieron espacios reales o imaginarios, que dieron voz a dioses, héroes y personajes se poblaron las fábulas, las tragedias, las novelas, los cuentos.

La lenta conformación de los géneros literarios recorrió siglos en rutas paralelas con compiladores que, desde tiempos remotos, se ocuparon de resguardar materiales y preservar, así, una memoria histórica y literaria en un sinnúmero de formatos. El paso de antiguas narraciones por las manos de los copistas del pasado, por las máquinas de viejas imprentas, grabaron extensas recopilaciones que, gradualmente, encontraron medios de difusión más simplificados, como las antologías, los periódicos y las revistas.

Los distintos rostros que el cuento adoptó en otras épocas o los nombres intercambiables que tuvo para la misma acción de contar reafirmaron su identidad como un género con características propias que lo deslindaron de otras formas narrativas. A partir de su extraordinario desarrollo en el siglo xix, la dimensión universal del cuento, su brevedad, su variedad y su alcance a diversos tipos de públicos lo habilitaron como uno de los géneros favoritos de antólogos, editores, escritores y lectores.

En un estudio reciente, la escritora, Joyce Carol Oates, reflexiona acerca del impacto del cuento en los últimos años en los Estados Unidos y se remonta a 1842, fecha crucial, cuando la revista Graham publicó la reseña de Edgar Allan Poe a los cuentos de su contemporáneo, Nathaniel Hawthorne. En ella, Poe dio a conocer los principios de su «Filosofía de la composición» y estableció algunas de las nociones teóricas que acuñaron una nueva concepción del cuento moderno; entre otras, la unidad de impresión que se da en la intensidad de la trama, para lo cual el escritor debe suprimir cualquier incidente que no se conciba para tal efecto y que, además, se concentre en una lectura que no exceda a las dos horas. Con ello, no sólo advertía la meticulosa labor que exigía la escritura de un cuento, sino también la recepción y la respuesta del lector.

Para Poe, el cuento, a diferencia de la novela y de la poesía, conlleva a una lectura concienzuda en la que «el alma del lector está en control del escritor», pues no hay influencias externas que desvíen su atención, como el cansancio o la distracción; en contraste, la novela es objetable por su excesiva longitud y la poesía por su claro efecto emotivo.

El estrecho lazo que Poe fomentó entre el cuento y la revista creó un pacto perdurable, un sólido vínculo que nutrió el quehacer de cuentistas en ése y otros países. Su frase, hoy ya memorable, en la que anunció que el cuento era el hijo favorito de las revistas anticipó un genio visionario frente al ejercicio continuo de notables escritores como Rudyard Kipling, Katherine Mansfield, James Joyce o Franz Kafka, que se difundieron en los Estados Unidos vía las reseñas en los suplementos literarios del Washington Post o del New York Times, al igual que en las revistas de modas, como Colliers o Cosmopolitan.

Aun después de su muerte, la vigencia de las teorías de Poe continuó alimentando la imaginación de nuevos cuentistas que potenciaron su ingreso en las revistas, creando, así, un novedoso consumo literario, una mutua necesidad que se prolonga hasta nuestros días.

La madurez del cuento, aunada a la fecunda labor de los editores en los últimos dos siglos, originó un mercado inundado de revistas, cuya oferta excede las que se pueden leer. Al referirse a ese fenómeno, Juan Fernando Galván explica que la producción de cuentos en español es escasa en volumen si se compara con el mundo anglosajón, la cual se nutre también por un público ávido de revistas, que no existe en la misma magnitud ni en España ni en América Latina. Sin embargo, Lauro Zavala subraya que, pese a la crisis editorial mexicana en los últimos años, se rebasó la publicación de cuatrocientos títulos anuales de libros de cuento y que esto señala la situación de un género indicador de la vitalidad imaginativa de nuestro lenguaje literario.

En el balance histórico de revistas especializadas de cuento en México, es imposible no mencionar el nombre de Edmundo Valadés, escritor, fundador y editor de El Cuento, publicación que se inició desde 1939 y que permaneció, con altas y bajas, por más de tres décadas en el escenario literario. Su amplia difusión dio a conocer casi mil quinientos cuentos de numerosos países, en su gran mayoría de escritores latinoamericanos, muchos de los cuales canalizaron sus primeras creaciones en ella. Juan Rulfo afirmaba: «A Edmundo Valadés, los cuentistas mexicanos le debemos lo que somos… si es que algo somos».

Las ventajas económicas o tecnológicas que existen en otros países, a diferencia del nuestro, y la distancia que hay entre la época de Valadés y la actual, nos enfrenta a una realidad distinta. El cuento sigue en ascenso y, conforme pasa el tiempo, más y más subgéneros se suman a la lista incalculable de autores que proliferan. La profunda transformación de las comunicaciones abrió accesos a espacios literarios antes lejanos, extraños y ajenos y el producto acabado de una revista pasa por etapas dificultosas que contempla éstas y otras variantes. Los editores, en una suerte de autores secundarios, se dan a la tarea de entramar textos ajenos bajo la óptica de seleccionar, entre un océano de posibilidades, una pequeña muestra con la intención de validar su permanencia y ofrecer un material simplificado para el lector.

El Puro Cuento ha tenido que nadar a contracorriente para salir a flote en tiempos agitados como los actuales y mantenerse en tierra firme como un proyecto dedicado a dar un nuevo impulso a la narrativa breve. A pesar de la corta edad de la revista, su fundador y editor, Carlos López, no ha minimizado el esfuerzo de ofrecer a los lectores extensos panoramas literarios que van, de la tradición canónica de autores como Antón Chejov, hasta jóvenes narrativas que se han abierto paso a través de sus páginas.

En ésta, su séptima edición, El Puro Cuento reúne autores que conviven dentro de una amplia gama de narrativas. Hay quien elige contar, vagando por los rincones de la memoria y borrar los límites entre la imaginación y la realidad, mientras que otros delinean espacios reconocibles al ritmo de veloces secuencias.

El tono irónico sirve para matizar un doloroso inventario de recuerdos, al tiempo que sorpresivos hechos fantásticos chocan con la realidad de un final inesperado. El monólogo se funde a una conciencia que anticipa la muerte, al igual que se desdobla en tiempos de nostálgicas añoranzas. Semejante a un mito, se describen viajes alucinantes, odiseas que enmarcan ingeniosas aventuras, cruces continuos de humor y desencanto.

El eco de las leyendas invade el espacio de las crónicas y, en recurrentes juegos del lenguaje, surgen retratos biográficos, lúdicas descripciones de ensueños, espejismos que desembocan en sucesos cotidianos. Entre fragmentos dispersos, el tiempo anuda los hilos invisibles de un sueño, que luego se disuelven en la frágil permanencia del recuerdo o, bien, las crudas escenas callejeras son el escenario de personajes solitarios que deambulan en medio de zozobras, abismos, amores fallidos.

Este conjunto de distintas voces nos acoge para recorrer otras rutas que convergen en lienzos coloridos, figuras envueltas en trazos dispares, perspectivas que inducen a reinventar historias que creíamos conocer. En el límite del trayecto, aún aguardan esbozos de sórdidas urbes, réplicas de oscuros trasfondos que se dibujan en contornos de encrucijadas sin salida.

Es así que forma y contenido se estrechan en ese universo narrativo que conjunta el minucioso trabajo de consejeros y diseñadores de Editorial Praxis, cuna de El Puro Cuento. Queda en nosotros descubrirlo, recorrerlo, proveerlo de significados, develar sus enigmas más allá de las definiciones, incluso más allá de la lógica. Vista en retrospectiva, la tradición ancestral de contar historias guarda, como dice Daniel Pennac, el recuerdo de ese silencio acogedor antes de escuchar las primeras palabras de un relato, de ese ritual semejante a la oración. Durante la infancia, era el momento de comunión con nosotros mismos, un regreso al paraíso de la intimidad y, sin saberlo, descubríamos una de las funciones esenciales del cuento y del arte en general, que consiste en imponer una tregua al estruendo del día.


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«La pluma es la lengua de la mente».

Miguel de Cervantes Saavedra



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