El Puro Cuento

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente

La Mentira

E-mail Imprimir PDF
Usar puntuación: / 0
MaloBueno 
Ir al aula donde el padre imparte docencia es la felicidad.
Tita allí recibe los centavos necesarios para comprar la merienda, pero no son los centavos los que importan, si no la alegría de verlo, a Tomás.
No había baches en ese orgullo, en él todo era verdad.
De lunes a viernes ella espera con ansias el timbre para salir al recreo y correr a su encuentro, para zambullirse de lleno en ese torrente de dicha que era el pecho paterno.
El amor verdadero, desde ese entonces, huele a limpio, asociado con la barba corta, el maletín negro, el traje gris lavado en jabón de cuaba y planchado con almidón marca cristal.
Antes y después de ese momento, cuando la alegría reverdecía ese abrazo,  la vida era borrosa, irreal.
Con Tomás, Tita aprendía a deletrear y a veces, simplemente salían juguetones al parque a corretear.
En un lugar remoto, del lado opuesto del espejo trascendental, estaba la realidad. Dentro de la realidad quedaban  pocas cosas que valían la pena recordar. Por eso, en el carril selectivo de su memoria,  sobrevivieron solamente los jirones, muñones tras el vendaval:
Uno, el relámpago de una reunión entre  hermanas  largo tiempo separadas, la mayor en casa del abuelo, la otra en casa de otro familiar. Se reúnen brevemente en la heladería Rikira. Tita hace un esfuerzo por no llorar al comprobar que Gillian  hiede a orines y tiene el pelo anudado, sudoroso, sin peinar; no quisiera dejarla sola jamás.
Dos, la llamada del extranjero: “tu mami te quiere mucho”, le dice la voz una muchacha a través de una conexión   borrosa, corrugada, como la escritura de los indios en las cavernas miles de siglos atrás.
Tres, una confrontación entre el padre y el abuelo, “te largas de la casa maricón,  mal nacido”, muchos días sin que el padre regrese al hogar; dice que no regresará.
Cuatro,  le compran una muñeca  para participar en un concurso, el premio por la muñeca, muchas gracias, papi ¿cuándo volverás?
Cinco, las ausencias y mudanzas,  un vórtice o una espiral, imágenes transponiéndose una sobre la otra en vertical; como  una torre babilónica, alta y difícil de explicar: la criada  bonita se escapa con el chofer del vecino, la toz persistente después del primer cigarrillo comprado en el lobby del Hotel Oriental, un sitio para hombres y mujeres fugitivos de la sociedad. Luego la mudanza a una casa de madera frente a la base aérea, la casa tiene  en el patio una mata de mangos que pare unos mangos enormes, de noche los murciélagos se los vienen a comer  con sus manos  enanas, colgando de las ramas bocabajo. La casa se inunda en el aguacero de Mayo y en medio del desorden que forman los damnificados, se roban el tanque de gas propano. Hay  un temblor de tierra, fue leve, nada impresionante. Y después otra  mudanza. Una casa en las afueras de la cuidad, sin árboles, al cruzar hay una fuente donde  los caballos llegan a beber en las mañanas del agua que le sale por los agujeros a la estatua de nuestro  héroe de la patria. Mecedoras, radionovelas y las noticias de la tarde. Y más mudanzas. Esta vez la abuela quien decide hacerse cargo. De merienda les dan cerveza negra con leche condensada. El patio de la abuela es  la jungla,  un llano de aguacates y pencas de sábila con la piel del mismo color que los lagartos.
Con la abuela vive nana Gri y Gri   se sonríe con sus encías desnudas de chocolate. Días y días de pie frente al fogón, Gri se ha convertido en una estufa de amor. Ella repartió el calor que la abuela, una mujer de piedra,  se guardó.
Apura el paso para salir lo antes posible de los quehaceres y  soñar.
Ejecuta los deberes escolares sin rechistar, en un afán disciplinado que es poco usual para alguien de su edad. Actúa como quién tiene una cita de negocios, un compromiso legal, pero ¿cuál?... pues disimular la rutina en un rincón del solar.
Su imaginación de  pequeña se agiganta, se ejercita, se recrea, se hace fértil y transforma la cotidianidad en el décimo planeta solar. Un país de las maravillas hecho a la medida de su creatividad.
 
En el huerto, los árboles cantan, “más allá del mar habrá un lugar donde el sol cada mañana brille más.”
En el huerto, el dinero crece frondoso de un hibisco y una lata de soda hace las veces de aparato de comunicación espacial.
El mundo es rosa, para variar, debajo de cuatro palos cubiertos de hojas de palmas secas fungiendo de nave galáctica.
Al oscurecer  la nana grita: “¡es hora de ir a cenar!
Tita se despide de su séquito imaginario: ¡hasta mañana, guardia, descansar!
Y cruza las formalidades del aseo con la premura de un general.
Dentro del mosquitero,  en la penumbra, hay un umbral, un mundo onírico sin soledad.
Dormir, es recordar, es volver a experimentar aquellas tardes cuando estaban juntos; Tita regresando del mercado montada sobre los  hombros anchísimos de Tomás, cuya risa de trueno rebotaba como pelota por las paredes de la casa.
O como aquella vez, en la playa, cuando supo de la impotencia del  mar porque estaba rodea de unos brazos vigilantes, esos brazos peludos que la levantaban en vilo y la enseñaban a nadar.
Casi tan glorioso como enroscarse sobre las piernas tibias para escuchar un cuento, dejándose arropar por la manta de terciopelo, azul oscura y meliflua que era  voz del papá…no había en el mundo mejor lugar para cabecear.
Cierra los ojos y vislumbra un puente, del otro lado están ellos  y por eso anhela no despertar. Y con gusto se iría sin rechistar, pero hoy, en el receso, saldrá a reencontrarse con Tomás y eso basta para respirar…  una vez más.
Suena la sirena. Tita vuela por los pasillos como cometa; deseosa, impaciente de abrazarlo y escuchar la clase decir: su niña está aquí profesor Tomás.
Va  aula por aula y no está.
Al otro edificio y no está.
De piso en piso, recorriendo el plantel de pe a pa y no lo logra encontrar.
-Se ha ido, le dice Yillo el empleado de la cafetería.
-Se ha ido, repiten la secretaria, el director, las maestras, el jardinero, el chofer del autobús, la enfermera, la bibliotecaria, el encargado de deportes, se ha idose ha ido, le dice hasta la mocosa que recoge las botellas vacías.
Tita piensa que están locos, que no saben lo que dicen, no él, no Tomás.
De madrugada se despierta sin poder respirar, preguntándose -¿a dónde estoy, y mamá y Gillian y papá?
Tan grande es su abandono, tan total, como el de un buey que ara ciego en el mar.
Y de pronto, ¡una luz!, la invitación a racionalizar. 
Tomás, como en las películas, no se había ido, si no que se oculta en la gran cuidad.
Harto de chismes, de los rumores adversos sobre su sexualidad, él había decidido esconderse de los demás.
Ella sabía que era así, que él jugaba, que vivía en algún lugar alejado de los pleitos, las confabulaciones y las intrigas de las maestras de primaria, los vecinos, del propio abuelo brutal.
Lo entendía.
Lo entendía perfectamente, ¡claro que sí!: desertar es una farsa genial.
¡Qué hombre tan inteligente era su papá!  Ese orgullo, en él todo era verdad.
-Jugamos al gato y el ratón, ¿no es cierto?
-Ah, no te apures, ¡yo te voy a encontrar!
Alcanza a ver la corbata de rayas, un maletín, una barba acabada de podar y ella se baja del autobús, corre, lo pierde, lo recupera, lo sigue, entra al bar, no es Tomás.
Alcanza a verlo una vez más, viste un traje gris, el mismo maletín, la barba singular, se tira a  la calle, atraviesa la glorieta espantando a las palomas, lo llama, ¡papá, papá!
El tipo continúa firme en su paso,  sin contestar.  
Por favor no huyas!  le grita. Te prometo que no se lo voy a decir a nadie, te lo juro, déjame verte. Ven acá.
Y no hay cómo yo se lo pueda explicar,  está convencida que las cartas con sello postal extranjero son  falsedad, el apartamento vacio es la coartada especial, el carro que se pudre en la cochera, una mentira más.

Pero la pura verdad es que él la había dejado  igualito que la mamá. 

 

Amigos / Socios

Entrecomillas

«La brevedad es el alma del ingenio».

William Shakespeare



Tweets

This user has reached the maximum allowable queries against Twitter's API for the hour.
Download Everything Blog