El Puro Cuento

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Hace tanto tiempo que salimos de casa, Roberto Ramírez Bravo, 2005


Reseña por: José Dimayuga *


El libro que hoy presento se llama Hace tanto tiempo que salimos de casa; el autor es Roberto Ramírez Bravo. El libro tiene 11 relatos que van del relato «negro» al relato fantástico, a la manera de Borges u Octavio Paz. Para participar en esta presentación, escogí tres. Ellos son: «La tela de la araña»,«O paraíso» y «Soledad».

 

El hilo y la cloaca

Hace ya más de un lustro que presenté el primer libro de Roberto Ramírez Bravo, Sólo es real la niebla.De aquel libro me acuerdo del cuento «¿Quién mató al Pachacuás?», con el que obtuvo mención especial en el Concurso de Cuento José Agustín, y recuerdo otro más cuyo título se me escapó de la memoria, pero del cual conservo una imagen, y es la siguiente: el protagonista entra al baño y encuentra, atrapado en la tubería, un calzón; es el calzón de la mujer que él ama, una mujer casada, creo. Él toma el calzón y sus dedos perciben la humedad del sexo de la muchacha.

          En el primer cuento el tema principal era la muerte violenta que acecha por las calles de nuestro puerto. En el libro Hace tanto tiempo que salimos de casa, de Roberto Ramírez Bravo, también se alude al tema de la violencia; sobre todo en el primer cuento, «La tela de la araña». Podría jurar que el autor puso en primer lugar este relato porque funciona como vínculo entre aquél y el presente libro. Como en «¿Quién mató al Pachacuás»,en «La tela de la araña»hay un crimen que el protagonista tiene que resolver. Nos encontramos ante un relato de los llamados «negros». Pareciera que lo más importante del relato es saber quién lo cometió, un who done it, como dicen los gringos, así como de los dos subsiguientes.
           Buda Soriano regresa a su pueblo para encontrar al responsable de la muerte de su padre, un hombre tranquilo que se dedicaba a impartir clases de música. En esa investigación hay un flashback, donde el escritor nos proporciona datos de quién fue el padre de Buda Soriano, así de cómo es el pueblo. 

         «La tela de la araña»es un buen cuento. Y diré por qué: hay malicia en la escritura. Ramírez Bravo despliega (como una araña que despliega su tela) su malicia en el momento de revelarnos el autor y los motivos del crimen; bueno, decir revelación no es el término preciso, porque nos da dos posibles razones, que finalmente dejan de ser importantes. Lo verdaderamente capital es lo que Ramírez nos deja entrever, apenas como el hilo finísimo de una tela de araña, visto de repente gracias al reflejo de la luz. Buda Soriano interrumpirá las pesquisas del asesinato de su padre, un hombre bueno a quien «todos querían», pues una oferta, apestosa a soborno, que le hace el procurador lo detiene. El autor invita al lector a afinar el olfato; el ojo, para descubrir la cloaca disfrazada de ley.

 

Mucho corazón

En Un juego para los vivos, Patricia Highsmith dice que todas las canciones mexicanas llevan la palabra corazón. Tiene razón la Highsmith: los boleros se encargan de aludir un corazón henchido de amor; las rancheras de un corazón herido, sangrante de rencor y ausencia. La plástica mexicana, señora Highsmith, también está llena de corazones sangrantes, corazones de piedra prehispánica, corazones de los Sagrados Corazón de María, de Jesús novohispanos, corazones de Frida, de Nahum B. Zenil, de Francisco Toledo, Javier de la Garza. El corazón sangra de júbilo y pena, de placer y dolor. El corazón sangrante acaso sea la imagen que mejor retrata al amor, porque el amor conduce tanto a la vida como a la muerte. O como dijera el vate florentino,«Amor conduce noi ad una morte».

           Digo esto porque en el cuento de Roberto Ramírez Bravo, «O paraíso», uno se encuentra ante la radiografía del protagonista de la canción mexicana: el corazón. Nos pone frente a un corazón sangrante hecho pedacitos para que vengan los zopilotes y lo devoren y quede «en el pecho un vacío, doloroso y frío», como dice Ramírez Bravo. El ritmo de la prosa se antoja un blues, un fado, un adagio, todas las canciones hechas para darle sonido a la tristeza, a la resaca que nos deja una ruptura. En este cuento es donde yo siento mayor empatía con el autor. No por esto los otros cuentos desmerecen. La habitación del protagonista de la narración es la de cualquiera que vive en una ciudad, llena de discos, revistas y libros. Libros, revistas y discos que amortiguan el aguijón del abandono, porque «O paraíso»no es otra cosa que la crónica de un truene amoroso.

          El protagonista espera que su ex, la mala de su película, la descorazonada, llegue a su depa; ella tiene que entregarle su cámara fotográfica y él casi jura que lo dejarán plantado, que ella no llegará, y llega muy tarde; aparecen frases que son flashbacks cuando estaban juntos y felices y a él le duele y reteduele, porque de fondo aparece, de tanto en tanto, Madredeus, y él se siente madreado y medio en la espera que desespera casi hasta la locura, porque los recuerdos con ella, la malvada, en la sierra de Tlacoachistlahuaca, la noche en San Luis Acatlán, en Ayutla, roen inclementes el sosiego y, entonces, se pregunta con parlamentos de telenovela: «¿Cómo pudo Paula olvidarlo todo? ¿Las veces que lloró frente a él, pidiéndole que no la dejara, no significaba nada?», y él no se inmuta por la pregunta architrilladísima que se acaba de hacer; acaso en situaciones como éstas uno sí comprende a los protagonistas de novelas rosa, a los boleros, a las canciones de ausencia, qué ciertas, cuán sabias, caray. Y poco antes de que aparezca ella, Madredeus suelta sus versos como saetas y aquí entonces uno repara en la insistencia del fado, que es hado, destino, que de fado viene fatalidad, y esto comienza a saberme a coro, y él dice: «Quiero arrancarme los cabellos, cortarme en pedacitos para ver si así puedes perdonarme, para ver si así puedes volver a sentir algo por mí. Si no fuera porque sé que es inútil, pensaría en el suicidio como solución. (…) ¿Qué hago? ¿Cómo te saco de mí?». Y no sé por qué me vuelvo a acordar de las tragedias griegas, de las plañideras mesándose los cabellos por los efebos hermosos, destrozados en el campo de batalla. Y uno siente empatía por el protagonista de la narración, que se pregunta: «¿Ése soy yo, el que era apenas hace unos meses?». Se le dificulta reconocerse, él se mira extraño; nos desconocemos, sí, la voz de uno en esos estados asume registros que sólo escuchábamos en los niños castigados o en los animales segundos antes del sacrificio, y el coro lusitano que en este caso funciona como el coro griego aparece con mayor frecuencia y uno como lector se imagina ya lo que los coros presagian en las literaturas clásicas y digo clásicas y me acuerdo del final de «Amor conduce noi ad una morte», de Xavier Villaurrutia, que a estas alturas ya es un clásico de nuestras letras, que dice y termina así:

Pero amar es también cerrar los ojos, 
Dejar que el sueño invada nuestro cuerpo 
Como un río de olvido y de tinieblas, 
Y navegar sin rumbo a la deriva: 
Porque amar es, al fin, una indolencia.

 

El escritor y su laberinto

En el relato «Soledad», Ramírez Bravo nuevamente usa la provincia como escenografía de sus relatos. Nos cuenta la historia de Soledad, una mujer marginada por los habitantes de su pueblo, por extraña. Más adelante, la mujer conoce al narrador de la historia, y le dice: «Verás y saldrás a buscar caminos. Entonces volveremos a nacer». Soledad desaparece y él emprende su búsqueda, comienza a vagar, un viaje iniciático cuyo destino será el gemir y rechinar de dientes; el oprobio y la humillación. El deseo del protagonista es encontrar a Soledad y jamás la encuentra. En la empresa, el héroe está solo como Soledad e igual de loco, marginado como ella, perdido «en un mundo extraño, más lejano que la imaginación y aun más allá del sueño». «Los ancianos nunca aprendieron a descifrar su mensaje que hablaban de dioses pretéritos, de razas y sacrificios, de epopeyas sangrientas, de eras de oscuridad y renacimiento». Soledad y héroe, pues, están solos por la ausencia de interlocutores. 
         «Soledad» no es un relato realista ni un cuento, según las leyes estrictas del cuento. Se me antoja una fábula sin moraleja final. El autor invita al lector a jugar con la interpretación y yo, gustoso, le entro al juego: Soledad es el nombre de la muchacha, también es la condición indispensable del narrador, que a la vez es el alter ego de Ramírez Bravo, un escritor solo que escribe «Soledad». ¿Para la soledad? 
Sí, Ramírez Bravo cuenta la historia de Soledad, un personaje cuya presencia funciona como la dama de los caballeros andantes; entiéndanse como caballeros andantes los escritores o creadores. Ellos, como el personaje de «Soledad», llevarán como estigma «El nombre (de Soledad) grabado para siempre enmedio de la frente y todo los seres vivos que los vean huirán asustados de su signo fatal». Hay mucho de Quijote en «Soledad», pero al revés. El Quijote de Ramírez Bravo, caballero andante, desfacedor de sueños y demonios, es triste y pesimista; atraviesa ríos, sube y baja cerros de la geografía guerrerense, sin sueños ni esperanzas.
           La fábula, como decía, no termina con una moraleja, pero sí invita a la reflexión. Finaliza el narrador, es decir, el alter ego de Ramírez Bravo: «A veces siento tristeza. Esta vida me parece larga y sombría, demasiado silenciosa, solitaria. A veces, cuando sorprendo a algún caminante y lo veo correr sin ruidos como un punto que cae y se levanta entre los inmensos árboles, siento ganas de llorar. Quisiera que oyeran mi voz, que me recordaran tendido boca arriba en el fondo del cañón comiéndome unos hongos, que me respondieran algo. Pero es inútil. En las noches me he sentado junto a un pino enorme o una acacia florida o una gigantesca parota, para esperar, si es que existe, el momento de renacer». 
           El narrador se sienta junto a los árboles como columnas, como escaleras de Job, por las que no bajan ni suben ángeles, espera pasivamente a renacer, si es que existe el renacimiento. El narrador ha renunciado a actuar; prefiere la pasividad, la muerte, al hacer. El movimiento sólo le acarrea penas. Esta visión pesimista y pasiva del narrador-artista me parece que no corresponde a la realidad que Ramírez Bravo hoy día experimenta. Quiero pensar que la presentación de este libro echa abajo el estigma que el personaje de Ramírez Bravo lleva en la frente, que echa abajo la idea de movernos en un mundo sin interlocutores. Y si acaso lo duda, les pido a ustedes que le brindemos un fuerte aplauso por su Hace tanto tiempo que salimos de casa que, desde hoy, se suma a nuestra cada vez más nutrida biblioteca de autores guerrerenses.
* José Dimayuga es dramaturgo; fue director de cultura del ayuntamiento de Acapulco, Guerrero

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